Me gustan los perfumes que huelen a lo que prometen.
Fanny Bal, perfumista
Los perfumes son como los hombres. Y que no me apedreen las feministas sin antes entender: Soy mujer y hablo desde mi experiencia amorosa. Me gustan los hombres, inevitablemente, irremediablemente, esto no habla de descontrol, sino de instinto y biología.
A partir de ahí, y con todos mis respetos, faltaría más, a necesidades, deseos y elecciones diferentes. Continúo con mi idea, que nunca me ha sido fácil seguir el hilo y a día de hoy con tanta disculpa se me va el objetivo con más frecuencia de la estrictamente inevitable.
Que un perfume huele a lo que esperas, no a lo que promete, sino a lo que inviertes a veces sin cabeza para darte la vuelta y hacer de tu vida lo que sientes que te mereces.
Hace muy poco compré a una de las personas más importantes de mi vida un perfume maravilloso del que había tenido ella, más que noticias, ilusión. Suficiente para matarme por eso. Y no se me ocurrió otra cosa que pagar un precio tan justo como irreverente para esa locura olfatoria. Y una muestra para mí.
Inmediata y arrebatadamente me puse el vial entero y fui para rematar a pintarme las uñas (justificándome, suelo hacerlo una vez cada seis meses, pero ese día todo era superficialmente perfecto) con una chica tan pulcra como sincera: “me vas a perdonar, pero me estás mareando”.
“No sabes lo que lo celebro, porque estaba muriéndome por comprarme el frasco entero de algo que además de no “deberme” permitir, veo no me convenía y tampoco a quien me rodea para tener la fiesta en paz”
Pues así, con paralelismos superficiales: a veces elegimos con el instinto del deseo, de la apetencia y las expectativas. Que si te gusta, te marea, y tienes que hacer un esfuerzo insólito y absurdo, aún crees que te valida la corrección de tu objetivo.
Olvidando que el mejor beso, y la vida que por entregada parecía demasiado fácil entiendes que podía haber dibujado tu mejor elección.
Estamos tarde.