Nada me gusta más que el sonido de las arandelas tintineando entre ellas al cerrar las cortinillas resbalando por el riel de metal.
Eso sí, cuando las cierran detrás de mi. Que la vida entera esto ha sucedido ante mis ojos y siempre ha sido una situación, encima iniciando sueños en forma de viaje, de la que me ha costado recuperarme.
Y la fiesta empieza: el sonido del cristal, el de los delicados cubiertos de metal y la textura de la servilleta de 30/30 mezcla de algodón y lino.
Y esa certeza de que estos objetos y las sensaciones que me producen, van a ser mi regalo teniendo la suerte (y la excusa) de no poder escapar ni de ser interrumpida.
Donde se atienden tus necesidades más superficiales haciéndote sentir que no es un capricho sino un modo natural de mantener tu supervivencia. Y es obligatorio que la tripulación se esmere y que tú te dejes. Que te dejes cuidar poniéndote por delante (podíamos aplicarnos esto algún ratito más. Pero tampoco nos pongamos profundos ahora).
Sonrisas, delicadezas y gesticulación forzadamente amable sin pedir y “mandatory” (con lo obediente que soy yo, hacer caso a estos menesteres se me da especialmente bien)
Y silencio. Todito para mi.
No necesito que todo esto sea de verdad. En absoluto. Con que el cristal sea fino, la servilleta de tejido natural y con creérmelo, me vale. Y voy más que convencida a que en mi 2A tendré una hora de placer tan superficial como profundo. Tan íntimo como prescindible.
Y al levantar la mesita, justo después de tener ante mis ojos las costas más maravillosas e imaginadas, y estas si, genuinas y creíbles, a través de la rayada ventanilla doble: el sueño acaba.
Y por suerte, la vida vuelve a empezar.