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Entiendo perfectamente el concepto en los hoteles perdidos en una isla tropical maravillosa donde el silencio, el tiempo y la necesidad de descanso te permiten, e incluso obligan, a disfrutar de todos sus placeres 24 sin moverte nada del complejo y como mucho cambiar de posición en la tumbona mirando al mar infinito.

Entiendo también el « adults only » en restaurantes espectaculares (y carísimos), donde, aunque hay quien no lo entienda, no podrán pedir nuggets ni menú infantil y los niños, los maleducados (que una vez que se admiten, hacer distinción por la educación lo veo complicado) no tienen allí un espacio con sentido y lo pierde para los adultos que quieren disfrutarlos de verdad.

Pero hoteles « adults only » en ciudades céntricas, funcionales, donde uno está de paso y sin piscina (que es lo más inaguantable para compartir con la infancia, cuando no es tuya) no termino de verle yo la esencia.

Ayer reservé uno de esos: iba sola, con prisas y con sueño y era el de precio más razonable para cogerlo en el minuto en que perdí el avión de la noche.

Me encanta desayunar en la habitación, pero superaba mi placer de estar en la cama con mi croissant la curiosidad de los personajes que elegían un “adults only”.

Imaginaba parejas de amantes (no novios) que se notan a la legua: jóvenes, principiantes, nerviosos e inseguros.

Matrimonios jóvenes que sienten que es más emocionante preservar su nueva relación de alguna forma sofisticada “adults only», ahora que lo somos, con lo que nos ha costado.

Solteros, perversos o no, buscando un plan distinto.

Y ese chino solo con riñonera?

Y esa pareja entrada en carnes y en años como de Minessota?

Y esa adolescente rara que viene sola y lleva 20 minutos explicando que no desayuna pero que le preparen algo para llevar porque, a lo mejor en un rato, va y le apetece (esto con gorro de lana del que salen trenzas por ambos lados, labios de hialurónico y cara de «aquí, claramente, soy la más especial, chicos»).

Señora elegante, para lo que es ir vestida de trecking (media melena blanca perfectamente cortada), sola, enjuta y concentrada en su desayuno para, seguro, su próximo e íntimo reto.

Y una pareja probablemente de un pueblo de Guadalajara, trabajadores, de mediana edad. Él esmerado, con su camisa rosa y ella sonriente y empezando el día con su copa de champán. Detalle que más que de alcoholismo temprano me hace siempre pensar en que, como mucho, está siendo la segunda vez que va a un bufet de desayuno y la emoción le desborda como si estuviera de plan (imagino que en su, desconocido por mi, pueblo, no descorchara cada mañana un Moët antes de ir a la tienda de ultramarinos. O sí, quién sabe). De hecho esta pareja es la más simpática y, de lejos, la más feliz de todo este escenario.

Y yo aquí tan ricamente, que a veces perder un avión tiene momentos tan singulares como estos.

El chino y su riñonera siguen desayunando, mucho y con la cabeza tan inclinada hacia el plato como quepa imaginar.