Me gustan las normas.
Más que por el placer militar de cumplirlas (que no me produce ninguno), por establecer un orden moral en que los demás entiendan fácilmente que uno no es más listo por ser menos cívico. De hecho es inversamente proporcional.
Y me gustan los países que las ponen y, ya que están, las cumplen.
Hace un par de días, al ir a aparcar en un parking exterior de un pueblecito francés de cuento, pedimos al coche de al lado que acababa de llegar que por favor se moviera ligeramente hacia la izquierda para podernos meter milimétricante entre el hueco que quedaba a su derecha y un árbol milenario que no teníamos ni intención ni capacidad de destruir para aparcar nuestro coche.
La respuesta de la copiloto, madre de dos pequeñas criaturas de no más de 6, respondió sin duda ninguna: “estamos perfectamente en nuestra raya
La respuesta, si no hubiera estado claramente confirmada por una cara de acelga tensa, hubiera sido entendida claramente como una broma.
Mucha inteligencia artificial y poca de andar por casa
¿En esas estamos?
¿Este es el devenir de la convivialidad básica?
Imaginemos que en ese tan estúpido como innecesario trajín, un coche pasa por encima de uno de esos dos rubitos y la madre grita con natural desesperación:
”“!!!ayuda!!!!”
Pues mire, le comento: ”No es ni mi hijo, ni mi obligación.”
No lo vemos, ¿no?. Menos mal.
Aunque no sé si todo llegará.
Que las normas están para cumplirlas: sí.
Y la sensibilidad y el corazón para romperlas.