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Te quiero porque no te conozco y porque te imagino como te deseo.

Porque he decidido sin saberlo poner en ti todo lo que necesito y todavía no has tenido la oportunidad de arrancármelo de cuajo.
Y porque el tiempo y las experiencias no me han dado todavía la oportunidad de acabar con esta magia que con devoción sentí.

Y todo lo que tengo de ti es descubrimiento y posibilidades. Y el hastío y la dejadez ni están ni se les espera. Todavía.

Sentada en un sillón de mi casa, en el « cubito de cristal » ( un espacio mínimo, más bien exiguo, pero que está rodeado de cristaleras al aire que dan a un pequeño jardín.) veía sin mirar y sin fijarme esta mesita baja, desvencijada ya por las lluvias y la propia vida.
En cuanto hice consciente la imagen me incorporé de un salto con la intención directa de deshacerme de ella. Con una sensación de ‘me cansas, estás vieja y hace tiempo ya no que no me sirves para nada y es evidente, que ya hace mucho que ni te veo. Sólo estorbas. Y para más lastres estoy yo, reina’.

De repente frené en seco e imaginé el tesoro que me hubiera parecido encontrarme este hierro, con tablones inconexos ya, en medio de cualquier parte. Sin duda sabe quien me conoce bien que independientemente de su peso, su aspecto o el mío , la hubiera cargado con entusiasmo y hubiera caminado sin sentirlo el espacio necesario para pasar el dintel de mi casa con la seguridad absoluta de haber encontrado un tesoro que nadie había sabido ver o que había visto yo primero.

Pues así nos las gastamos en la vida.
Que te tengo y ya me estorbas, hace rato. Y te encuentro y sin saberte ya te quiero.